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Precariedad es muerte

El primer ministro de Turquía, Receep Tayyip Erdogan, ha calificado la tragedia que ha segado la vida a casi 300 mineros en Soma, de cosas que pasan. Brutal. Y no sólo por su insensibilidad sino porque en el fondo lo que dejan entrever sus penosas declaraciones es que hay que entender lo sucedido como una consecuencia natural del mundo en que vivimos. Y como él, deben pensar muchos poderosos que creen que la muerte en el trabajo, la explotación laboral, la miseria y la injusticia son, simplemente, los efectos colaterales de un modelo económico que se esfuerza en abaratar costes aunque con ello juegue con la vida de las personas. Eso es lo que ha sucedido en Turquía, pero no es en el único sitio donde sucede. Alguien pensará que hablamos de un caso extremo y desde luego en Turquía las tasas de accidentalidad, con tres muertos en el trabajo al día, son inaceptables, no obstante no podemos aislar el caso como si se tratara de una particularidad propia de ese país. En España, el año pasado se produjeron 432 accidentes mortales en el trabajo, y en Catalunya, 50.

La competencia económica, centrada casi exclusivamente en la reducción de los costes laborales, trae consecuencias. Y la globalización ha convertido el mundo en un enorme espacio de comercio que ha encontrado en la precariedad de las condiciones laborales y en la subasta de los derechos humanos la mejor fórmula para maximizar los beneficios aunque el precio sean catástrofes como la de la mina de Soma o la muerte en Bangladesh de más de 1.000 personas que trabajaban hacinadas en el edificio que se desplomó. Es verdad lo que dice Erdogan, estas cosas pasan. Pero no pueden pasar! Es inaceptable, no es asumible en un mundo que debe afrontar el siglo XXI con el reto de globalizar los derechos humanos. No tiene sentido, ni siquiera económicamente, construir el bienestar de unos pocos sobre el sufrimiento de la mayoría. No es sostenible y las consecuencias en forma de conflicto social llegarán tarde o temprano. No se pueden arrebatar derechos o rebajar costes ad infinitum, porque no es justo, porque no es soportable y porque tampoco es sostenible, aunque se lo parezca a los todopoderosos gestores del sistema económico y financiero.

En Turquía la reacción no se ha hecho esperar. Los sindicatos turcos ya han convocado la huelga general, la sociedad indignada se está movilizando con dureza y la rabia por una tragedia que es continuada recorre el país. Y no vamos a dejarlos solos. Es necesario que desde la Confederación Europea de Sindicatos y la Confederación Sindical Internacional dediquemos todo nuestro esfuerzo a denunciar que, como en Turquía, la precariedad laboral, la no inversión en seguridad en el trabajo, tiene graves consecuencias. Debemos ser la punta de lanza contra el capitalismo salvaje que impera en la relaciones económicas y comerciales en el mundo. Debemos encabezar la respuesta social para que las instituciones y los gobiernos se vean obligados a parar en seco el proceso de desregulación de las relaciones laborales para proteger la vida y los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. El drama de los mineros de Soma en Turquía es un síntoma, un gravísimo síntoma del proceso de involución social que nos están imponiendo los poderes económicos y financieros. Y vamos a combatirlo sin resignarnos, por mucho que se diga que son cosas que pasan.

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