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España crispada

Este fin de semana hemos asistido a la demostración de fuerza que ha organizado el Partido Popular en Madrid. De vergüenza. Estas mismas imágenes, pero en blanco y negro y con la voz del NODO, y estaríamos ante una de la numerosas concentraciones que el régimen de Franco convocaba en la Plaza de Oriente para atizar a todos y cada uno de los fantasmas que sirvieron para mantener prietas las filas, a saber: el contubernio judeo-masónico, el complot del comunismo internacional y los separatismos que pretenden corromper la sacrosanta unidad de la nación.

Eso mismo, pero en color y vía satélite, es lo que ha hecho Mariano Rajoy. Les ha pedido a sus huestes que defiendan la nación española. Pero ¿de quién? y ¿ante qué ataques? Lo siento, pero si no fuera porque la democracia española no tiene vuelta atrás, todo esto tendría un horrible tufo a golpe de Estado. Si no fuera porque el Ejército español hace tiempo que anduvo el camino de la normalización democrática, la manifestación de este sábado tendría el mismo aspecto que las concentraciones que en otros tiempos convocaba la trama civil que sustentó el alzamiento del 18 de julio de 1936. Si no fuera porque en este país lo que cunde es la esperanza en un futuro en paz como demostraron las movilizaciones contra la guerra de Irak, parecería que algunos pretenden volver al enfrentamiento civil de consecuencias trágicas.

Pero con todo y con eso me estoy empezando a preocupar. Y transmito un sentir colectivo. No es preocupante que alguien o un partido como el PP se sientan con la necesidad de ocupar la calle para protestar por o contra algo. La calle hace tiempo que es de todos. Lo alarmante es que se erijan en los legítimos representantes de España, por encima de la soberanía popular, y jueguen al peligroso juego de socavar con todos los medios a su alcance a un gobierno salido de las urnas. No es lícito. Y menos cuando se echa mano de la manipulación y la mentira. No es de recibo generar intencionadamente toda la confusión posible en relación a cuestiones que, se sabe, afectan directamente a la fibra de las personas. No se puede mentir a sabiendas, como se está haciendo con relación al caso De Juana Chaos. No es moral ni decente tergiversar la información y transformar el concepto de prisión atenuada por el de libertad condicional. Y menos cuando desde el Gobierno, José María Aznar negoció con ETA y no escatimó esfuerzos y gestos con los presos de la banda terrorista para conseguir el loable objetivo de acabar con los atentados y encontrar una salida al problema.

Pero ahora la derecha se encuentra en la oposición. Y lo está por culpa de una suerte de conspiración que sumó a ETA, parte de la policía, el terrorismo integrista y por supuesto el PSOE en un objetivo común: trastocar el resultado que la urnas tenían que arrojar el 14 de marzo de 2004. El tridente formado por Rajoy, Acebes y Mayor Oreja, comandado por José María Aznar y aclamado por los diferentes y unívocos portavoces de esta entelequia, así lo han sentenciado. Y no ven otra forma de promover su ascenso de nuevo a los despachos ministeriales que vociferar que la unidad de España está en peligro; que los Estatutos de autonomía la están desfigurando y que el gobierno la está traicionando. Y sin disimulo alguno vuelven a reclamar que una cruzada libere a España de la hidra roja, del peligro separatista. No han cambiado desde aquello de “Una, grande y libre”. Una sola nación; de grande como lo eran nuestros tristes socios de las Azores, y libre, porque no lo seremos mientras no seamos capaces de descubrir el contubernio que nos indujo a error tras el 11 de marzo de 2004.

El Partido Popular ha decidido volver al frentismo. Creen que en la crispación encontrarán el caldo de cultivo perfecto para sus intereses. Es más, creen que a través de la saturación política y mediática encontraran el apoyo de la mayoría que, convencida, acudirá a cualquier medio democrático o no para cambiar el statu quo.

No será así. Seguro. Este país ya no es aquél que se gestionaba con una cadena de televisión y el parte de las tres. Éste es un país que ha cambiado y que no tiene nada que ver con la olla a presión en que han convertido la escena pública madrileña. Este país es una suma serena de ciudadanos y ciudadanas que observan con desagrado la crispación pero que saben muy bien quién la genera y con qué propósito. No obstante, también es cierto que las organizaciones sociales no debemos jugar todas nuestras bazas a lo que el sentido común nos dicta, y que no es otra cosa que dejar que relinchen. Tenemos el deber moral de manifestar nuestra opinión. Una actitud equidistante en este caso es cómplice de los que esperan que nos quedemos en casa y calladitos; arredrados ante la avalancha de insultos, mentiras y monstruosidades que se oyen en la COPE, por ejemplo. Hay que salir y decir que no estamos de acuerdo; que el PP miente y lo sabe. Que nadie ataca a España, sino los mismos que se envuelven en su bandera. Que España es otra cosa y no aquella unidad de destino en lo universal, algo que nunca he entendido muy bien.

Por eso, y tal y como el PP ha puesto las cosas, estoy convencido de que hay que reaccionar. Y que hay que hacerlo política y socialmente. Si desde Catalunya nos quedamos impasibles ante la actitud destructiva de Aznar, Rajoy y Acebes, podría ser que pagáramos las consecuencias de nuestra impasividad.

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